Ilustraciones

EL CIERVO
Prov. 16:5.
Llegó un ciervo a una fuente cristalina de aguas, y vio en la limpia superficie de ellas sus largas y delgadas piernas a la vez que sus hermosos cuernos.
“Verdad es lo que de mí dicen las gentes”, exclamó; “¡supero a todos los demás animales en gracia y en nobleza! ¡Qué graciosa al par que majestuosamente se levantan mis cuernos! Pero, ¡qué feos y qué delgaditos son mis pies!”
En esto vio salir del bosque un león: “¡Pies, ¿para qué os quiero … ?” y en dos saltos se puso fuera del alcance de su adversario. Pero cuenta la fábula que, acertando a pasar en su precipitada fuga por una espesura, sus cuernos se enredaron en la maleza, y el león le dio alcance y lo devoró.
Los pies, que tanto despreciaba poco antes lo salvaron; pero los cuernos, en que tanto orgullo tenía, le perdieron.
¡Cuán cierto es que generalmente nos perdemos por aquello en que tenemos orgullo! No te ensoberbezcas por lo que en ti hay de superior, ni desprecies lo que parece más humilde. La soberbia pierde, y la humildad salva.
EL FAROL DEL CIEGO
Mat. 15:14b.
Un caballero estaba atravesando las calles obscuras de cierta ciudad, y vio que se le acercaba un hombre con un farol encendido en la mano. Cuando se acercó bastante, el caballero vio, por la luz de la linterna que ese hombre llevaba, que éste tenía los ojos cerrados. Pensativo, siguió adelante el caballero, mas sorprendido, se dijo: “Me parece que ese hombre está ciego.” Entonces regresó, alcanzó al ciego, y le dijo:
—Amigo, ¿es usted ciego?
—Sí, señor —contestó el interpelado.
—Entonces, ¿para que lleva usted esa luz?
—Para que la gente no tropiece conmigo, señor.
De este ciego podemos aprender que es necesario hacer brillar nuestras luces para que evitemos que otros tropiecen a causa de nuestra ceguedad espiritual.
UNA PARABOLA ÁRABE
Sal. 119:11.
—Hijo mío —dijo el jefe árabe—, ve corriendo al manantial y tráeme una cesta de agua. El niño fue corriendo y llenó la cesta; pero antes que pudiera emprender el regreso a la tienda, toda el agua se había escapado.
Entonces dijo a su padre: —Aunque un gran número de veces he llenado la cesta de agua, toda se sale pronto.
Entonces el padre tomó la cesta y dijo: —Lo que dices, hijo mío, es la verdad. El agua no se ha quedado; pero mira cuán limpia está la cesta. Así será con tu corazón: no podrás recordar todos los preceptos que has oído, pero procura siempre atesorarlos y harán tu corazón puro y apto para usos celestiales.—La Antorcha.
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